Cuando te escriba esta carta

Al abrir los ojos sabré que estoy decidida, que correré a verte, que no podré más.

Recordaré la misiva, te habrá de llegar muy pronto. Saldré de casa y recorreré la ciudad para buscar los recuerdos que quiero llevarte, los que sé que tú extrañas. Regresaré en la tarde y prepararé la valija con lo poco que dejaste, lo tuyo y lo mío, la colocaré entonces lista al lado de la puerta; dormiré por última vez bajo este techo.

Brincaré de la cama a la ducha a penas amanezca. Veré mi reflejo en el espejo del tocador y me provocará con su mirada alegre; me dará una sonrisa. Me pondré el vestido azul con flores, ese que te gusta, después me dirigiré a la puerta y tomaré la valija. Voltearé hacia atrás a modo de despedida. Hoy me voy, me voy para seguirte.

Llegaré al centro y subiré al tren. Haré puños contra la tela de mi vestido y al abrirlos se verán las flores como marchitas. Ojos a la ventana. Ya habrá leído mi carta, pensaré.

Querida, no, no… Amada, pero suena pretencioso, que me estoy revelando antes de tiempo. Querida será.

Querida mía,

¿Cuánto hace ya de tu partida? ¿Meses, años? A veces te extraño tanto que se me olvida tu cara. No sabes qué tortura es esa, la de no ver tu rostro, tus ojos, tu boca tus labios, tu cabello.

El día a día ha sido muy duro. Te confieso que he intentado varios métodos para borrarte, aunque todos sin éxito. El menos decepcionante de ellos fue el de odiarte; escribí cosas horribles terribles sobre ti, o al menos esa fue mi intención. Digo “intención” porque hasta lo más despiadado me parecía sublime, te comparto:

“Te odio. Te odio a ti y a la obligación diaria de remojarme los labios con el café quemado que dejas en la estufa, a tu terrible costumbre de abandonar las toallas húmedas en la pieza y las colillas mal apagadas en medio de la sala. No soporto ese gustito tuyo por tener las manos siempre en movimiento, sobre sí mismas, sobre ti, sobre otras pieles… Y tú tan cínica, tan pública, como queriendo que te mire. Cómo te odio cuando callas, que no lloras, que no ríes.”

Digo sublime porque de inmediato me inunda la ternura y mi pluma desenfrena en palabras dulces. Y es que cómo se te puede escribir si no es con un arrebato de dulzura:

 “Te amo. Te amo a ti y a la bendición de ver cómo la luz de la ventana entra y rebota en tu piel, a la manera en que adornas tu cabello en verano y verte a los ojos mientras me recorres el cuello con el tacto la mirada. Adoro intentar comprender cómo es posible que te des a todos y no seas de nadie, que entre más ajena me eres más me apeteces, más te quiero… Y tú tan simple, tan sola, con tus ojos tan tristes… Cómo te amo cuando callas, que no lloras, que no ríes.”

Desearía haberme despedido de otra manera, aunque para ser sincera, no habría querido decir “adiós”  en lo absoluto. Ahora me doy cuenta que fui yo quien te marchitó, querida mía amor mío.

Esto que tengo dentro es como un mar, apasionado, que me golpea con vehemencia. Te entiendo ahora, mi niña, cómo se siente amar sin ser amado. Pero he cambiado, te digo, no me importa nada más, ni lo que diga mi madre, o mi hermano, o el maldito de los sermones. ¿Recuerdas cuando me decías que me querrías para siempre? Yo sí, y te quiero a ti, mujer, solo espero que no hayas olvidado tu promesa. 

Te herí, perdona, lo siento, la culpa me desgarra, hoy soy diferente, hoy voy a buscarte…

Y cuando termines de leer me escucharás golpeando tu puerta. Al verme, rodearás mi cuello con tus brazos, me dirás entre lágrimas que lo dejarás todo, que aceptas que vuelva, que estabas esperando que regresara y me darás un beso. Luego seré plena y te amaré hasta que arda el alma.

Me preguntarás por qué había tardado tanto, de dónde saqué el coraje para darte la cara. Entonces te diré que mi valor salió a flote cuando vacié mis remordimientos en una hoja de papel y te la envié en un sobre junto con una postal, que mi mente durmió tranquila esa noche, y que a la mañana siguiente al abrir los ojos supe que estaba decidida, que correría a verte, que no podía más.

Por eso no pierdo la esperanza, porque volveré a tenerte, porque llegará el día en que imprima un punto final, el día que me atreva, que agarre fuerzas, que me decida y me vacíe… Volveré a tenerte cuando te escriba esta carta.

Aquí nomás, tranqui, escribiendo, como que no me doy cuenta.

Anuncios

¿Y tú qué opinas? Deja un comentario :)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s