Mariana ojos de cielo, boca de mar.

Lo único que conocía de la ciudad eran los turistas, habían llegado muchos desde que terminaron las carreteras, hace dos años. Los demás vendedores la tildaban de tonta por no inflarle los precios a los güeritos —porque los norteños son “más difíciles”—, pero a ella la habían criado para algo mejor que ser ventajosa.

De todos los pueblos del mundo ella nació acá, en el de la bahía. Su madre le llamó Mariana, un nombre criollo, para que cuando quiera salir de este pinche pueblo tierroso no la discriminen, no la hagan menos, como le pasó a ella en la capital; pero no es el nombre, son sus ojos, tampoco es el alma, es su color.

La rodeaba siempre una atmósfera nostálgica cuando salía a recoger conchas en la madrugada; se sentaba en la arena con su tesoro recién ganado, posaba la mirada en el mar, inmenso, intenso, tan fértil. Se ahogan esos bellos ojos negros al mirar al cielo, ¿Quiénes son las estrellas para consolar a la Luna en su soledad? Quién es Mariana para amar al mar… Tan joven y con casi todos sus pétalos marchitos, se quedaba ahí hasta que salía el sol por su espalda, ahí, con los labios a sal y el rostro tostado.

Sus collares eran tan bonitos que ahorraba el fastidio de atosigar a los turistas, aunque solo sacaba lo justo para ella y su casa de palma. Tenía que llegar temprano a la plaza para agarrar su lugar, eran perros los demás vendedores, pero muy lejos de eso, llegaba temprano para ver al joven que traía mercancías chinas de la ciudad y surtía algunos puestos. Aunque ella no era su cliente, el joven siempre pasaba a saludar, le sonreía intencionadamente, le coqueteaba a sabiendas de que ella se moría por él.

Un día llegó el joven y le dijo a Mariana que se iría a la ciudad de una pinche buena vez, que se fuera con él, que tenía todo listo. Le extendió un par de boletos para el camión del día siguiente a las 7 de la mañana, que era mejor que los guardara ella, porque con las prisas se le podían olvidar. La niña le dijo que sí.

Llegó a su casa de palma y, por última vez, vio el mar hasta quedarse dormida.

Se despertó muy temprano y guardó todo en el velís que le dio su mamá, también las conchas, por si acaso. Eligió el collar más elaborado y el vestido más bonito para impresionar al joven, se preguntó si se miraba linda. Ilusa, aún sin collar era preciosa.

Así fue corriendo a la estación iba justito a tiempo, su cabello perfumaba el aire. Llegó al lugar, pero ahí no estaba el joven, solo alguien lo había visto saliendo por la noche. Tal vez se fue a la ciudad, tal vez se le adelantó y la estaría esperando del otro lado.

Se quedó parada ahí, cabizbaja, cegada, con las mejillas empapadas, quién era ella para amar al mar. No podía volver, solo quedaban las olas, lo había dejado todo; subió pensando cuándo volvería  a la bahía y qué haría cuando llegara a la ciudad.

Hoy tendría un par de años menos que mi madre. Mariana con ojos de cielo, boca de mar, tenía solo 20, pero en proporción al día de su muerte era vieja, muy vieja.

mariana

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