De lo que más me arrepiento.

Dios me perdone, pero pinche monja.

¿Saben qué es una de las cosas más incómodas del mundo? Un beso en la frente. Aunque también es algo de lo más lindo, pero bueno, con la edad se van transformando los pensares.

Incómoda y estúpida, sí. Así me sentí un día en primero de primaria cuando la Madre Estela llevó un Niño Dios a la clase de religión. El sentimiento no fue tanto por el niño en sí, sino por el ritual extraño que estaba a punto de pasar y que me marcaría para siempre.

Esa Madre (LOL) era la preferida de todos los niños, un amor de persona, llegaba siempre con su guitarra y nos enseñaba las letras y pasos de canciones infantiles, grandes éxitos como Nuestro padre Abraham, El sapo en el Río y Tomado de la mano con Jesús, éramos como The Catholic Voice y ella toda una Whoopi Goldberg en Sister Act, pero ese día fue diferente.

Llegó al salón y todos los chamaquitos soltamos un ¡Yay!, porque, a huevo, íbamos a cantar y pasarlo bien. Se paró al frente, chaparrita, morenita, regordeta, con su guitarra y cargando algo más en el brazo.

—Niños, hoy tenemos un invitado muy especial— dijo, o algo muy parecido. Como todo mocoso de 6 años, estábamos muy curiosos, hasta que luego nos dijo que era un Niño Dios y explicó que era una representación blablablá… Qué lata escuchar a la monja, yo estaba absorta en el bebé, tan bien hecho, parecía de verdad, ¿Y si Dios estaba adentro y se movía? No, no manches, qué pinche miedo.

—…Entonces se van a parar, juntar sus manitas en oración y van a acercarse de uno por uno a darle un besito en la frente— dijo en voz tremendamente suave, como para no despertarlo.

¿Un beso en la frente? ¿Es neta? Sí, era de neta. Así que todos nos paramos y “juntamos nuestras manitas en oración” en una fila que llegaba hasta el escritorio donde ella había colocado cuidadosamente al niño. Yo sentí que se me revolvía el estómago, que sudaba frío; voltee a ver a los demás y todos estaban muy concentrados en su onda, y uno a uno iban besando al bebé. Me sentí mal, me sentí blasfema.

No quería, qué incómodo, qué raro, seguro ya estaba todo lleno de babas, pero todos lo hacían, qué vergüenza, qué presión. ¿Y si Dios se ofendía porque no quería besarlo? ¿Es legal esto? Tal vez si pedía permiso para salir al bañ…

— ¿Rosita?—interrumpió mi profundísimo monólogo la monjita. En la madre, ya había llegado al escritorio, ahí estaba, enfrente de mí, con sus ojitos de vidrio fijos en los míos. Estaba tan intimidada que casi se me sale un pedo. Sin mover la cabeza (y aún con mis “manitas en oración”) despegué la mirada del bebé para mirar a la monja, que asintió muy despacio.

En mi impotencia, lo único que se me ocurrió hacer fue apretar mis párpados muy fuerte, como si eso sustituyera el beso, y me di la vuelta para regresar a mi lugar. Nadie dijo palabra, pero todos voltearon a verse preguntándose cómo puede ser que Rosita no haya hecho lo que debía. Sentí que me iba a ir directito al infierno.

Tal vez ahí comenzó todo, el terrible sentimiento de besar una figura, de tomar un rosario, la angustia que me provocan las alabanzas y la música religiosa, la incomodidad que siento al decirle a un creyente que no tengo religión. Que el cielo se apiade de mí, pero mi madre me ha hecho tolerante, aunque sea uno de ellos.

Desde entonces desarrollé un problema con las frentes, bueno, no con ellas, sino con besarlas, me parece una de las cosas más íntimas e intensas que puedan existir en este mundo.

Hay quien dice que siempre se debe creer en algo, pero yo perdí las ganas de todo cuando enfermó el contador Arreola, cuando Mi Tía Juana estaba oscura. El miércoles 21 de febrero del 2007 fuimos a visitarlo, fue difícil, también era el cumpleaños de mi papá pero no quiso pastel, no quiso comer, no había algo qué festejar. Al final del día se despidió de mi abuelo con un beso en la frente, fue impactante, ¿Debía yo también? Sí, debía, pero me intimidó tanto la idea que no lo hice, “mañana será”, pensé.

El día llegó a mañana pero él no. Cómo me dolió ver a mi papá y sus ojitos verdes destrozados, las caras mocosas de mis hermanos, las manos de mi mamá cubriendo su rostro. Qué idiota fui, quién era yo para negarle un beso…

Aprendí que a veces no existe un “después”, pero eso no puede adivinarse; aprendí que un beso en la frente no es cualquier cosa, sino una de las muestras de amor más profundas que se le puede dar a alguien, que yo le puedo dar a alguien.

Pero bueno, la moraleja de esto es que no deben meter a sus hijos a escuelas con monjas locas.

rosie-anahuac

Esta foto es de 3ro, pero igual hace el paro.

Anuncios

3 comentarios en “De lo que más me arrepiento.

¿Y tú qué opinas? Deja un comentario :)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s