La NASA, la Biblia y la ONU.

El día de Josué.

Uno nace sin sentido de la muerte; no sé exactamente cuándo me entere que eso existía, pero estoy segura que menos de 3 años, sí. Dentro de mi inocencia creía que cuando muriera me comería La Luna y El Sol —pensaba que eran una especie de galleta o algo crunchy—, pero al entrar a la primaria me introdujeron a un nuevo concepto que, hasta el día de hoy, me resulta profundamente aterrador: La vida eterna.

That’s right, fellows, una escuela católica donde el primer día aprendí a recitar el “Padre Nuestro” y el “Ave María” sin saber qué demonios estaba diciendo, lo único que me resultaba familiar era el concepto de Dios. Ese día de agosto de 1999, a mis 5 años de edad, después de recibir todo ese cúmulo de información, pensé —era apenas un meco, para que no se suban al tren del mame—: “Si un día me voy a morir, ¿Entonces por qué nací? ¿Por qué tengo que venir a la escuela o comer? ¿No es más fácil decirle a Dios que me quiero morir y ya?”. No se supone que una niña deba pensar esas cosas, pero, ya saben: Rosie, freaky since ’93 😉

Varios años después, a mis 13, mi papá me sacó de la iglesia porque no me estaba persignando. “Bleh, mejor para mí”, pensé. Mirándome a los ojos y con un ademán amenazante, me dijo que cuando tuviera 18 podría no entrar a misa, pero mientras, debía seguir la “dinámica familiar”. Mintió. Cuando cumplí esa edad, cada domingo me arrastraban bajo argumentos pobremente elaborados y fácilmente refutables. Te amo, pa’, no te agüites.

No soy católica, ni atea, ni cristiana, ni absolutamente nada. Por más lecturas, cantos, oraciones, estudios, rezos y saludos que he dado y recibido en distintas iglesias, por más caras sonrientes, por más brazos abiertos… Parece que soy inmune, incapaz de sentir cualquier cosa, es algo triste. Dichosos ustedes, creyentes, que pueden sentir y vivir una fe, buscar compañía en la soledad y consuelo en la tristeza en algo más grande que cualquier ser de este mundo les pueda hacer sentir. No espero que alguien lo entienda.

Punto y aparte.

De los problemas no se huye y eso es algo que se aprende con el tiempo. No hace falta ir muy lejos para ver que aquí estamos, gobernados por un sistema de bajos instintos que nos hace creer que tenemos libre y total voluntad. Instintos que nos hacen querer coger para reproducirnos, comer para nutrirnos, amar por compañía, y buscar, desesperadamente, una justificación para esta pobre y finita existencia. Vivimos en una sádica maqueta.

No había escrito en tres meses, en el blog, me refiero. Desde hace ya algún tiempo, me ha estado siguiendo un sentimiento de incomodidad constante, el de estar creciendo, el de estar cambiando. Esa sed insaciable de buscar algo más, la ambición de lograr lo distinto me consume como al tabaco de un cigarro, porque nada me parece suficiente, ante mis ojos nada es aceptable.

Todas las palabras de apoyo y aprobación, además de soporte, me han guiado en el trazo de esta persona que no quiere decepcionar. ¿Te habías podido imaginar algo así? La ONU, no manches. La pasante más joven —hasta donde sé— y la única en mi división actual, la única marketera y ya con el teléfono personal de su supervisora por si necesita cualquier cosa. Intimidante. Tal vez un poquito de miedo no hace daño, quiero pensar.

Estábamos en un bar por la estación Tobalaba, cuando algunas gotas de agua amenazaban con dejar la lluvia caer. Los muchachos bromearon sobre la lluvia que se “atascaba” en las nubes y el smog de la ciudad, por eso no caía. Todos nosotros, con distinta nacionalidad, edad, profesión, motivos y ambiciones reunidos en el mismo punto, en el mismo país, como jamás se repetirá de nuevo. Nunca sabes cuándo verás a alguien por última vez.

Extraño a México y su verano un poquito. O “un mucho”, tal vez. En retrospectiva, todo parece muy rápido: La carta, el avión, los dulces, la botella de tequila, Batallas en el Desierto… De pensar en lo lejos que estoy, me da urticaria de estrés. ¿No era exactamente esto lo que quería? Lo que quería, sí; lo que esperaba, no sé.

Créanme cuando digo que no tengo idea de cuándo vuelvo —no por ahora, pronto será—. A quienes se los he dicho alguna vez, sépanse amados por mí, pensados desde Santiago de Chile.

De mi madre saqué el corazón blando, la palabra fuerte y el sentido constante; ella me enseñó a no prometer nada que no pudiera cumplir, lo que no me dijo, es que el resto del mundo no es así. Después de todo, pecar de ingenuidad no deja de ser pecado. Ay, Rosie, Rosie, afortunada en el juego, desafortunada en el amor.

babyrosie2

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