Tierra muerta.

Siempre supe por qué los demás te odiaban tanto. Te paseabas por los corredores pavoneándote con tus hermosas ropas y esos aires de tremenda apatía. Se decía que te habían herido profundamente y que jamás volviste a volar.

Hasta que llegué yo. Supiste de inmediato los efectos que causabas en mí. Perturbadores, terribles. Me matabas con esa mirada tuya que me hacía perecer ante el más vil de tus atracos terrenales.

Nunca descifré el por qué de tus estaciones, ni el plazo de tu palabra, pero moría contigo cada madrugada. Moría ahogado en tu característica arrogancia, en tu soberbia de no confiar en nadie, la misma que delineaba tu silueta, tus cabellos… Pero ahora estás lejos. Te puse lejos, en donde nadie va a buscarte… En donde te lloro cada noche, en donde confundiste mi instinto de supervivencia con tus ganas de brillar justo en el momento en el que el mundo se puso tan mal.

He crecido con el sentimiento y el temor de no ser nadie en la vida. En tu vida. Nunca me preparé para mirar al suelo, y no sé cómo… De pronto todo por lo que luchaba comenzó a despedazarse entre mis dedos.

Ojalá pudiera recordar tus sabores… Los mismos de las estrellas de diciembre.

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